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sábado, 6 de septiembre de 2008

Trabuco

(Entrada programada, estoy en Ibiza ;P)

Y he aquí el segundo de los personajes de
La Regenta. Este sí que es una joya que ficharía yo para wikipedia, si no lo hubiera ya fichado Dodo.


-Ahí está el inglés -dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco pálido.

En efecto, era Ronzal.

Pepe Ronzal -alias Trabuco, no se sabe por qué- era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo, desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.

Una vez le preguntaron en un examen:

-¿Qué es un testamento, hijo mío?

-Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.

Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica que él no comprendía.

Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.

Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.

Yo soy muy inglés en todas mis cosas -decía con énfasis- sobre todo en las botas».

«Militaba» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el poder.

-«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».

Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra cosa que no pertenece a esta historia.

Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte, daba escalofríos.

Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban las manos.

Aborrecía lo que olía a plebe. Los republicanitos tenían en él un enemigo formidable.

(...)

Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y leían más periódicos del día. Y se dijo:

«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio. Afortunadamente tengo energía -tenía muy buenos puños- y a testarudo nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por supuesto.) Sin más que esto y leer La Correspondencia seré el Hipócrates de la provincia».

Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.

Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault-Lebrun y Paul de Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.

Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no puede llamarse el Cristo, porque era un rotin, y blandiéndolo gritaba:

-¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los terrenos!

Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior. Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le convenía. En tal caso el peligro estaba en los lapsus geográficos. Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.

También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.

-¡Este va a reina! -exclamó clavando con los suyos los ojos del adversario.

-No puede ser.

-¿Cómo que no puede ser?

Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del peón que debía ir a reina.

-A reina va, y lo hago cuestión personal -añadió envalentonado Trabuco, dándose un puñetazo en el pecho. Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.

Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de Pernueces.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Bedoya

Harto uno de mis lectores de que copie a Ruiz Zafón y como yo me debo a mis lectores, voy a traer dos personajes de La Regenta de Clarín. El primero lo traigo hoy, prefiguración del wikipedista espurio, se llama Bedoya. Nótese la magistral definición de caracteres del maestro Clarín.

Bedoya era de esa clase de eruditos que encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le antojaba obra suya todo aquello.

Pero su fuerte eran las antigüedades. Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma, el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía, necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar! Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y tutti quanti». Pero no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en puridad, tenía... -y miraba a los lados al decirlo- tenía un precioso manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo. Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.

martes, 2 de septiembre de 2008

La inteligencia permanece

Hace años que mantengo una teoría: La inteligencia no se crea ni se destruye. Según mi teoría la cantidad de inteligencia es siempre la misma, de forma que, al aumentar la población, tocamos a menos.

Ese es el motivo por el que toda la filosofía relevante se formuló en la Antigua Grecia, o al menos se prefiguró, cuando la población mundial era muchísimo menor.

Más tarde descubrí que la rica y nunca bien ponderada paremiología castellana tenía este principio perfectamente formulado, con el sarcasmo del hombre de campo: Cada día que amanece, el número de tontos crece.

Ruiz Zafón lo formula de otra manera:

Sempere me sirvió un vaso de agua de Vichy.
-Tenga. Esto lo cura todo, menos la tontería, que es una pandemia en alza.

(La negrilla es mía.)



lunes, 1 de septiembre de 2008

Uno de los nuestros

Hoy voy a copiar otro fragmentillo de la obra de El juego del Ángel, la novela de Carlos Ruiz Zafón. La novela va bien, el argumento es normalillo, pero Zafón se esfuerza porque cada frase quede redonda y luego, a veces, parece que conozca la wikipedia en español:


Vidal suspiró.
-David, yo no tengo la culpa de que hayan ido a por ti. La culpa es tuya. Lo estabas pidiendo a gritos. Ya eres mayorcito como para saber cómo funcionan estas cosas.
-Dígamelo usted.
Vidal chasqueó la lengua, como si mi ingenuidad le ofendiese.
-¿Qué esperabas? No eres uno de ellos. No lo serás nunca. No has querido serlo, y crees que te lo van a perdonar. Te encierras en tu caserón y te crees que puedes sobrevivir sin unirte al coro de monaguillos y ponerte el uniforme. Pues te equivocas, David. Te has equivocado siempre. El juego no va así. Si quieres jugar en solitario, haz las maletas y vete a algún sitio donde puedas ser el dueño de tu destino, si es que existe. Pero si te quedas aquí, más te vale apuntarte a una parroquia, la que sea. Es así de simple.
-¿Es eso lo que hace usted, don Pedro? ¿Apuntarse a la parroquia?
-A mí no me hace falta, David. Yo les doy de comer. Eso tampoco lo has entendido nunca.


(Las negrillas son mías.)


domingo, 17 de agosto de 2008

La envidia

Otra perla de Ruiz Zafón (página 22):

-La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo sólo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu, mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá.
(Las negritas, ni que decir tiene, son mías.)

Aplíquese a wikipedia

He comenzado El juego del ángel, novela de Carlos Ruiz Zafón y me he encontrado, de bruces en el primer capítulo, con el jefe de redacción del protagonista en su juventud, a un tipo duro y correoso, de buen corazón, pero con unos principios a prueba de bomba. Lean estos párrafos entresacados y díganme si no lo contratarían para ocupar un puesto similar en wikipedia.

Don Basilio era un hombre de aspecto feroz y bigotes frondosos que no se andaba con ñoñerías y suscribía la teoría de que un uso liberal de adverbios y la adjetivación excesiva eran cosa de pervertidos y gentes con deficiencias vitamínicas. Si descubría a un redactor proclive a la prosa florida lo enviaba tres semanas a componer esquelas funerarias. Si, tras la purga, el individuo reincidía, don Basilio lo apuntaba a la sección de labores para el hogar de por vida.
Don Basilio pregunta al aspirante tres páginas después:
- No se embale, pollo. A ver, ¿qué piensa usted del uso generosos e indiscriminado de adverbios y adjetivos?
- Que es una vergüenza y debería estar tipificado en el código penal -respondí con la convicción del converso militante.
Don Basilio asintió con aprobación.
- Va usted bien, Martín. Tiene las prioridades claras. Los que sobreviven en este oficio son los que tienen prioridades y no principios.

Como la novela promete, yo prometo más fragmentos.