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martes, 25 de agosto de 2009

Las películas de dibujos animados no son para niños

¿Por qué a menudo cuando un adulto acompaña a un niño a ver una película de dibujos animados se empeña en sostener que los niños no acaban de comprenderlas porque se dirigen a un público maduro?

viernes, 17 de abril de 2009

Despertares

Marién era directora de cine, así lo ponía bajo su nombre, en letra Tahoma, en las tarjetas que repartía en los festivales, en las fiestas del ramo, en las discotecas de moda... Con esfuerzo e imaginación había logrado rodar algunos cortos, pero no habían tenido ni la difusión ni el bombo que le hubiera gustado.

El problema, pensaba, es que carecía de los conocimientos para difundir sus producciones por internet o de los contactos para publicitarlas en prensa o ante los periodistas especializados... un simple comentario positivo en un diario de difusión nacional hubiera supuesto un trampolín sobre el que dar el salto definitivo hacia el largometraje.

En cuanto a los festivales, decía, siempre había alguien con una película mucho más mediocre que la suya pero que era hijo de algún famoso, conocía a alguien, era simpatiquísimo, o guapo (o guapa) y que se llevaba el galardón. Porque Marién no era familiar de nadie, ni conocía a nadie ni era simpática, ni guapa y eso había de reconocérselo a sí misma: era una persona insulsa. Le costaba entablar una conversación o mantenerla y era, pensaba, más bien feúcha y algo rellenita.

Cenando se enteró, poniendo la oreja en la mesa de al lado, que los dos finalistas eran Miguel y ella. A la mañana siguiente se acercó al tal Miguel, descubrió a un muchacho feo y desarreglado, con una sonrisa estúpida y le sonsacó que él tampoco era hijo de nadie, ni conocía, ni siquiera quería dirigir, simplemente había hecho un corto para expresar su desasosiego transitorio.

Al ver a Miguel levantarse en el patio de butacas, Marién decidió romper las tarjetas en las que bajo su nombre, en letra Tahoma, se podía leer “directora de cine”.

jueves, 14 de agosto de 2008

Todo el mundo tiene un precio

La película Una proposición indecente (1993) dio para hablar de acostarse con otras personas a cambio de cantidades importantes de dinero. Vender el cuerpo es, en la cultura occidental, una cosa muy mal vista (el alma, no tanto).


Un tipo se acerca en una discoteca a una joven.
- Perdone, una pregunta, se acostaría usted conmigo a cambio de un millón de euros.
La chica, sorprendida, sonríe, lo piensa apenas unos segundos y contesta.
- Sí, claro.
El hombre insiste:
- Y, ¿por 20 euros?
La muchacha borra la sonrisa de su cara y le espeta:
- Oiga, ¿usted qué cree que soy yo?
Y el tipo, con seguridad responde:
- Lo que usted es ya quedó claro, ahora estamos negociando el precio.


El chiste alude al añejo aforismo de que todo el mundo tiene un precio, la honra más exquisita puede comprarse. Sería más bonito citar versos de Quevedo, pero vienen a sugerir lo mismo.

Los más dignos lo negarán: "Yo no me vendo por dinero"; bien, por lo que usted se vende también se puede comprar. "Hay cosas que el dinero no puede comprar"; bien, eso será porque nadie quiere ofrecer dinero por ellas, no porque no estén en venta.

Yo sí me vendo, lo cual anuncio por si hubiera alguien interesado en comprar. Ahora, barato no, pero el precio es negociable.